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Una aproximación sexológica a la pedofilia

María Dolores Pérez Ruíz, conocida en redes sociales como Doctora Glas, ahora es sexóloga recién titulada. Hace apenas dos meses, defendía tu trabajo fin de Máster delante del tribunal de la Universidad Camilo José Cela, donde ha realizado su formación como sexóloga con titulación oficial. Para su trabajo, el mejor calificado de su promoción, realizó una interesante investigación sobre la pedofilia, un tema delicado. En nuestras jornadas de abril, el poster de esta investigación recibió el accésit al mejor poster de los presentados. Y es que María Dolores, Loola o la Doctora Glas ha obtenido en su investigación conclusiones muy interesantes y sobre todo muy necesarias de cara a la intervención sexológica.

Una aproximación sexológica a la pedofilia: ‘Análisis de las distorsiones cognitivas en pedófilos no ofensores‘, así es como se titula su trabajo de investigación, sobre el que hemos querido preguntarle directamente a María Dolores en esta entrevista.

María Dolores, ¿Por qué te interesó investigar sobre la pedofilia?

María Dolores Pérez: Cuando hice mi trabajo final de grado sobre pornografía y feminismo en la carrera de Filosofía me encontré con la problemática de la pornografía infantil. Fue entonces cuando, a modo de diálogo interno, empecé a hacerme una serie de preguntas sobre la existencia de ese tipo de material. Así, pues, mi interés sobre la pedofilia podríamos decir que comenzó ahí. Me interrogaba sobre por qué hay personas que lo consumen, otras que lo distribuyen incluso sin tener una atracción sexual hacia menores, si el pedófilo nace o se hace, si la pedofilia estaba presente en otras culturas o sobre la relación entre pedofilia y pederastia… No obstante, la pregunta que más llamaba mi atención era si existían recursos en la sociedad para que una persona que siente atracción hacia un menor (pedófilo) pudiera evitar convertirse en un abusador infantil (pederasta). Era como si el escándalo o la indignación ante el abuso sexual infantil borrase cualquier intervención preventiva o ayuda profesional para aquella persona que aun sintiendo atracción sexual hacia un menor no quisiera cometer un delito. Descubrí que había mucha desinformación y desconocimiento al respecto, tanto en la sociedad como en entornos profesionales: ni la pedofilia es sinónimo de abuso sexual infantil ni todo pederasta siente atracción sexual hacia un niño.

Reflexionando sobre todo esto, concluí que era un tema muy interesante desde el punto de vista académico, no solo por su relación directa con la sexualidad sino también por otras razones como la percepción del estigma social por parte de la persona pedófila, las posibilidades terapéuticas para inhibir la conducta de abuso o las implicaciones nosológicas de la pedofilia desde el siglo XIX hasta la actualidad. Tuve muy claro que sería mi tema de investigación cuando hiciera el máster de Sexología y bueno, así ha sido. 

En tus conclusiones hablas de distorsiones cognitivas frecuentes en hombres pedófilos. ¿Podrías mencionar algunas de ellas?

María Dolores Pérez: En mi trabajo académico trabajé con una muestra de 8 varones entre 17 y 42 años que pese a asegurar no haber cometido un delito contra un menor, sí presentaba este tipo de pensamientos que se utilizan para justificar, minimizar o excusar el abuso sexual infantil. Es cierto que algunos de ellos puntuaban muy bajo o de forma moderada en la escala Sex With Children (SWCH). Solo un sujeto obtenía una puntuación elevada. En ese instrumento de autoinforme se incluían distorsiones cognitivas como “Los niños que no usan ropa interior y se sientan de una manera reveladora sugieren sexo”, “Muchos niños tienen una actitud seductora hacia los adultos” o “Tener relaciones sexuales con un niño no es tan malo porque realmente no daña al niño”.

En términos generales, cabe decir que todas las distorsiones cognitivas ya sea en agresores sexuales de mujeres o abusadores de menores tienen como objetivo la autoexculpación. Es decir, muchos de ellos son conscientes de que su conducta es o puede ser dañina, pero distorsionan sus actos (y por tanto, delitos) para eximir su responsabilidad y presentarse a sí mismos como las auténticas víctimas. Partiendo de aquí, quería saber cuál era la influencia de las distorsiones cognitivas en pedófilos no ofensores, es decir, que no habían cometido un delito sexual contra un niño.

¿Algún resultado que te llamara la atención?

María Dolores Pérez: Se trata de resultados preliminares y por tanto cabe ser prudente. Pese a que no se puedan generalizar, destaco tres cuestiones. La primera es que todos los sujetos de mi muestra son conscientes de su inclinación sexual hacia niños durante la adolescencia, es decir, durante el periodo de la maduración sexual. La segunda es que más de la mitad ha sentido pensamientos suicidas en alguna etapa de su vida al conocer que sentían atracción sexual hacia niños. La última cuestión remite estrictamente a los resultados de la escala SWCH. En mi estudio, los sujetos que han recibido apoyo terapéutico con respecto a su inclinación sexual hacia los niños poseen una puntuación más baja en distorsiones cognitivas que la mayoría del resto de participantes de la muestra.

No obstante, creo importante que en futuras investigaciones se valoren otras variables y factores de protección potenciales que pudieran asimismo influir en la reducción de las distorsiones cognitivas como el apoyo familiar, las condiciones laborales, el nivel de estudios, la existencia de déficits en el neurodesarrollo o el nivel de funcionamiento cognitivo. Asimismo sería interesante examinar la presencia de contextos favorables que puedan disponer a la persona a demandar apoyo terapéutico a propósito de su inclinación sexual como, por ejemplo, el conocimiento de recursos específicos, la derivación por parte de otro profesional o la participación obligatoria en una intervención terapéutica a propósito de una medida judicial (por ejemplo, cuando no existe un delito de abuso sexual a un menor, pero sí se ha cometido un delito por visionado de pornografía infantil). 

¿Qué aplicaciones puede tener tu estudio para la intervención sexológica?

María Dolores Pérez: Bueno, creo que mi estudio puede ser un pequeño ladrillo para instaurar un marco consistente y vinculante de trabajo en el ámbito sexológico, al menos, en el contexto español. Es importante prevenir y facilitar la ayuda a las personas que lo necesiten antes que castigar. Cuando se castiga ya se ha cometido un delito y ya hay víctimas. El castigo debe existir cuando hay delito, hay que asumir la responsabilidad y reparar el daño, pero no podemos descuidar todo aquello que podemos hacer antes.

Así, el reto no es solo teórico, es decir, no se reduce a un consenso epistemológico o la exploración de un nuevo registro sobre el hecho sexual humano. Hay una cuestión práctica ineludible: la prevención y la intervención. Considero que las líneas de actuación desde la sexología no son desconocidas, pues las principales necesidades de las personas pedófilas que demandan ayuda o apoyo profesional están estrechamente relacionadas con la conducta, la orientación y la interacción. Es decir, no se diferencian tanto de las demandas con las que cualquier otra persona pudiera necesitar de un profesional de la sexología en algún momento de su vida.

Así, en la conducta pudieran trabajarse cuestiones como el control o reducción del impulso, la identificación de falsos mitos sobre la sexualidad infantil o el desarrollo de habilidades sociales. En el caso de la orientación, por ejemplo, el aprendizaje de una sexualidad positiva o la gestión de los sentimientos de estrés o angustia ante la atracción sexual hacia menores. Por último, en la interacción, la intervención puede girar sobre el estilo de vida, el tipo de apego, la pareja (si la hay) o el apoyo social.

Este tipo de cuestiones se ajustan a las competencias y praxis de la sexología, así como a sus actuaciones principales: la educación, el asesoramiento y la terapia sexológica. Pese a ello, creo que muchas personas que se han formado en la sexología están ‘en pañales’ ante este tipo de demandas, incluso presentan prejuicios y estereotipos sobre la persona pedófila. Esto debe de cambiar y para hacerlo se debe incluir la pedofilia dentro de los contenidos formativos. Como profesionales debemos saber tanto su etiología (por ejemplo, su origen prenatal), sus características (es estable en el tiempo, puede ser homosexual o heterosexual, exclusiva o no exclusiva, es decir solo hacia niños o hacia niños y adultos) como las posibilidades de enfocar una intervención. Y posibilidades, por supuesto, hay muchas y dependen de la biografía sexual y contexto del sujeto en cuestión: si se trata de un pedófilo no ofensor, si llega a consulta obligado por una medida judicial, si siente atracción sexual hacia niños de su propia familia o no, si trabaja habitualmente con menores, si necesita medicación (por ejemplo, inhibidores del deseo), si siente empatía hacia una posible víctima, si tiene una personalidad antisocial, etc.

En este sentido para mí es muy importante seguir formándome, muchos pedófilos no solo necesitan ayuda sexológica sino también presentan importantes carencias en lo relativo a su salud mental como, por ejemplo, baja autoestima, depresión, fobia social, adicción al sexo o intentos de suicidio. Incluso algunos de ellos han sido víctimas de abuso sexual en la infancia y sostienen la creencia que la persona que les hizo daño en el pasado les ha convertido en pedófilos. Todo esto debe abordarse profesionalmente, pues la indiferencia social al respecto no ayuda a prevenir y por tanto, a evitar posibles víctimas. Aunque en el contexto español pueda sonar novedoso, se hace ya abiertamente en otros países, como Canadá o Alemania.

Además, aunque mi intervención parta de la sexología, considero elemental el trabajo multidisciplinar o coordinado con otros profesionales.

En tu estudio la muestra usada son varones ¿hay mujeres pedófilas? ¿Por qué crees que es menos frecuente en mujeres?

María Dolores Pérez: Bueno, para contestar a esta pregunta quizá primero debemos señalar que la prevalencia de la pedofilia en la población general es desconocida. No obstante, existen estudios que tratan de hacer una estimación sobre las fantasías sexuales que hombres y mujeres tienen con personas pubescentes. Sin embargo, estos estudios (véase, por ejemplo, Smiljanich & Briere, 1996) no valoran la intensidad y persistencia en el tiempo de este tipo de fantasías y no pueden sostenerse como un criterio para hablar de que estamos ante una persona pedófila. Quizá uno de los estudios más sugerentes al respecto sea el realizado por Beier, Alhers, Schaefer and Feelgood (2006), que habla de que la pedofilia no es común en la población masculina y se presenta en menos de un 5%.

No se puede negar que hay mujeres que abusan sexualmente de menores, pero según la bibliografía con la que he trabajado hasta ahora, la pedofilia parece tener una predominancia masculina. No podemos olvidar que hay otras motivaciones que llevan a abusar de un niño más allá de que exista una atracción sexual, como por ejemplo, usar el abuso como una forma de humillación o castigo. En este sentido, creo que sería muy interesante conocer si el hecho de que exista una predominancia masculina en la pedofilia corresponde a una causa neuropsicológica u obedece a cuestiones socioculturales.

Si quieres saber más sobre el trabajo fin de Máster de María Dolores Pérez, pincha aquí

Photo by Annie Spratt

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